Podéis leer buenas narraciones en la Biblioteca de Relatos.

21 de agosto de 2017

VIOLENCIA, HUMOR Y REDES (y algo más)

Lola Robles, Agosto 2017

No hace demasiado tiempo que empecé a interactuar en las redes sociales, sobre todo en Facebook. A Twitter he llegado mucho más tarde. Desde el principio me sorprendió la extremada violencia que había en ambos espacios, comprobándolo sobre todo cuando consultaba los muros de los medios de comunicación (televisiones, periódicos, radios…).

Antes que nada quiero plantear qué considero (y no solo yo, desde luego) violencia, pues me temo que hay mucha gente que no lo sabe. La violencia no consiste solo en la agresión física y el asesinato, sino también en determinadas conductas como insultar, amenazar, chantajear, difamar, injuriar, vejar, menospreciar, ridiculizar, manipular, y un etcétera bastante largo. Por supuesto hay que tener en cuenta que no todas las violencias tienen la misma intensidad y gravedad. Algunas de estas conductas están tipificadas en el Código Penal como delitos o faltas, otras no. Una característica casi esencial de la violencia es que quien la ejerce no suele o no quiere ser consciente de ella, puede negarla y, más incluso, acusar a sus víctimas de que en realidad son ellas quienes le están agrediendo.

Comprobé pronto que, amparadas en el anonimato y con mucha frecuencia en perfiles falsos, un buen número de personas entraba en esos muros de los medios de comunicación a decir todo tipo de barbaridades, mostrando a menudo que ni leían aquello que criticaban ni sabían bien de lo que se estaba hablando. Los debates se llenaban de insultos y exabruptos. Un comportamiento de «masa» y un triste reflejo de la incultura en nuestro país. Nada de extrañar, porque basta con ver una sesión del Congreso de los Diputados para entender que la ciudadanía simplemente repite la conducta de los políticos, que se basa, con demasiada asiduidad, en arrojarse imprecaciones, burlas, risotadas, abucheos y ataques continuos.
Luego comencé a interesarme por casos concretos. 
Me fascinó morbosamente una señora, que se dice 
muy de izquierdas y feminista, eso sí desconocida más allá de las redes, único ámbito donde consigue cierta notoriedad escribiendo tuits en los que da palos a diestro y siniestro, porque al parecer sabe más que nadie de cualquier tema, aunque sus fuentes no vayan más allá de lo que encuentra en la pantalla de su ordenador o móvil. Aparte del carácter lapidario de los tuits en sí, esta Señora suele utilizar insultos tan progresistas como «mongolo» o mongólico» para contraargumentar a aquellos que no piensan como ella. Mucha  burla, mucha chulería, un tono muy macarra. Es importante incidir en que, igual que los políticos nos enseñan a comportarnos como energúmenos, los tertulianos de los medios de comunicación quieren demostrarnos que se puede saber y opinar de todo, y claro, luego la gente común se lo cree.  


Después me enfrenté a un tema que considero de enorme importancia, el de la gestación por pago o contrato, ya saben, lo que unas llaman «úteros/vientres de alquiler» y otros «gestación subrogada» o «maternidad por sustitución». Leí a una mujer que participa en la directiva de una organización a favor de este procedimiento y que posiblemente creía que todas las feministas íbamos a respaldar su postura, pero se encontró, oh aciaga sorpresa, con que NO. A hombres activistas gay, (sin duda porque las feministas estamos más en contacto con ellos a causa de las luchas comunes que hemos mantenido, no porque utilicen más la gestación por pago o contrato, ya sabemos que lo hacen mayoritariamente las parejas heterosexuales). Hasta a algún escritor gay de renombre hablando de la «libertad de decisión» de las mujeres respecto de su cuerpo, cuando no recordaba yo que hubiese salido nunca a la palestra a defender nuestro derecho a no ser ni maltratadas ni asesinadas. Se lamentaban ellos y ellas, hasta Javier Marías llegó a quejarse de que les negáramos la condición de feministas. Claro, a veces llega una a sospechar que llamarse «feminista» es una excelente estratagema para decir lo que te dé la gana. Pero al parecer, si en otras ideologías se le niega a cualquiera la condición de pertenecer a ellas si expone repetidas y abundantes argumentaciones totalmente contrarias a lo más básico que defiende ese movimiento ideológico, las feministas tenemos que callarnos y decir amén a todo.



Lo que más me sorprendió es la violencia del discurso de estas personas que defienden la gestación por pago o contrato. Nos han llamado «doncellas de hierro», señoritas Rottenmeiers (sin duda por lo de solteronas amargadas, ese gran tópico antifeminista), mentirosas, manipuladoras, paternalistas, autoritarias, burguesas, fascistas como los manifestantes provida. Pero ocurre que estos varones gays tienen un interés muy claro en este tema, pues la gestación por pago o contrato les beneficia personalmente en su deseo y objetivo de lograr hijos biológicos. Tener descendencia sin que las mujeres cuenten más que como gestantes es desde luego un chollo no solo para las empresas intermediarias que van a forrarse con un negocio de dimensiones impresionantes, sino para todo varón patriarcal. Pues el gran sueño y fundamento del patriarcado, como la teoría feminista ha dicho siempre en el capítulo primero de sus ensayos, ha sido y nos queda claro a muchas que sigue siendo el control de la reproducción humana, dado que ellos no pueden gestar y parir. Lástima que ese capítulo no lo conozcan muchos nuevos presuntos feministas. Comprensible, por otra parte, porque otra cosa que demuestran los comentarios en las redes sociales es que no leemos ni aquello a lo que estamos atacando. O veces manipulamos, tergiversamos y hasta
mentimos sobre lo que dice la parte contraria.

Curiosamente a estos varones con claros intereses personales de conseguir hijos por este medio los han apoyado otros hombres activistas LGTBQ que se consideran muy revolucionarios, aunque el ataque al feminismo que no les da la razón es igual de virulento y tópico que el de los machistas de toda la vida. Según dicen los que apoyan, en su caso carecen por completo de deseos de ser padres, pero luchan  por el «derecho a decidir» y la «libertad o soberanía sobre el propio cuerpo», aunque no sea el de ellos sino el de nosotras. Llama la atención sin embargo que no haya asociaciones de mujeres que pretendan ser gestantes, sino solo de posibles beneficiarios.

Llega una a tener la sospecha de que muchos varones defienden ante todo sus privilegios de género de manera consciente o inconsciente, aunque estén en posiciones ideológicas opuestas. Pero, ¡qué difícil es ser activista y feminista de verdad cuando eso perjudica nuestros intereses!

Bien sé que a la violencia verbal de los y las defensores de la gestación por pago o contrato le corresponde por la otra parte, la nuestra, parecida agresividad. Yo misma la he sufrido en debates sobre la cuestión trans, por parte de algunas feministas radicales y otras directamente terf. He escrito sobre ello, por si os interesa, un artículo (aviso que bastante largo).

Hay incluso alguna más o menos conocida  feminista «disidente» que apoya con mucho ahínco esto de la gestación presuntamente garantista, por aquello del derecho a decidir y de que quienes estamos en contra somos unas mandonas que les decimos a las otras mujeres lo que tienen que hacer o no hacer. Considera, parece, que la disidencia consiste en atacar a todo lo que se mueve y no le da la razón, principalmente y de manera casi obsesiva a otras feministas. Son problemas derivados de conflictos no resueltos con la figura de autoridad materna, que exceden en todo caso el objeto de este artículo. Mi ironía es clara, supongo. Pues bien, sería tomada por esta feminista como una agresión y linchamiento, por completo injustificados. Se trata, ya lo he dicho, de una característica que se repite hasta la saciedad.  Las personas acostumbradas a agredir muestran una sensibilidad extrema cuando les toca a ellas y de inmediato proceden a situarse en el papel de víctimas que tanto dicen odiar. Por otra parte, me da por pensar que si el discurso de una feminista cae en los tópicos de siempre sobre otras compañeras y además le gusta a los varones (algo así como un sindicato aplaudido por la empresa), no es porque sea «mala» y «disidente», sino porque a lo mejor lo que en realidad hace es reforzar el sistema.

El segundo tema que tengo gran interés en tratar es el del humor y los chistes, en concreto los chistes machistas. Humor hay de todo tipo: blanco, negro, verde, absurdo y surrealista, cruel, tonto, inteligente, zafio, subversivo y reaccionario. Esto se debe a que el chiste es un enunciado escrito, oral o gráfico, y como cualquier otro enunciado, contextualizado por supuesto, puede analizarse desde el punto de vista ideológico (o lingüístico, cultural, geográfico, semiótico, etc.).

No me cabe duda de que cualquier comentario público en las redes sociales, sea chiste, broma o no, puede recibir respuestas agresivas que en ocasiones lleguen al linchamiento, por más que se trate de ser cortés o escribir desde la no violencia, peligro que aumenta cuanto más conocida seas. Pero esto no implica que no haya chistes machistas, racistas, homófobos, tránsfobos, etc.

Parto de creer en la libertad de expresión, y aviso a quien la cuestione que tenga cuidado y sea egoísta porque si se impone la censura también le puede tocar a él/ella.

Pero como partidaria de la libertad de expresión, he comprobado con enorme asombro que cuando yo contesto a un defensor de chistes violentos o absolutamente rancios en su machismo, y le lanzo un «tarado» por aquí y un «gilipollas» por allá, planteándole que a mí eso de insultar me resulta muy divertido y humorístico, a la par que subversivo y políticamente incorrecto, entonces el defensor de los chistes se escandaliza debido a que le he insultado. ¿Por qué motivo el insulto ligero es inadmisible, mientras que el chiste machista debe aceptarse como humor y nada más o hasta un modo de rebelarse contra la corrección política?

La polémica estuvo y está en las redes: con motivo de los tuits bastante gilipollas de un nuevo concejal en el Ayuntamiento de Madrid, quien no fue capaz de darse cuenta de que iban a investigar lo que había escrito desde que hizo la primera comunión, a los chistes crueles muchas veces copiados y comentarios cargados de odio y violencia de la tuitera con nombre de profetisa griega, que ya bastante tiene la pobre con vivir con tanto dolor y resentimiento en su alma. O hemos tenido que soportar la bazofia garrula de algún joven descerebrado que comparte chistes sobre violaciones a niñas.






El último ejemplo ha sido el del poeta que siempre lleva abierta la bragueta (ingeniosísima tontería mía), un autor muy poco conocido que ha vertido en Facebook supuestas bromas:

Bien. En estos tiempos en que hay más escritores que lectores, la fama es difícil de lograr y hay que intentarlo por todos los medios. Unos planean hacer atentados, a ver si así les hace caso la gente, que de natural deben ser muy sosos. Otros, como en el caso del poetastro, se crean un personaje a su medida.

Pero lo realmente asombroso no es su presunto sentido del humor, de un machismo más rancio que Matusalén y más antiguo que las cucharas de palo. Lo que a mí me deja estupefacta a la par que atónita es su corte de palmeros y defensores, que le consideran «brillante», «sarcástico», con «un humor excepcionalmente inteligente», «subversivo», «crítico», que se ríe «de la hipocresía generalizada» y supongo que «disidente» y por supuesto «políticamente incorrecto», no faltaría más. Pero por supuesto también, los insultos contra él son alucinantes, escandalosos e inadmisibles, aunque diviertan a quienes los profieren y no posean tampoco corrección política. ¿Y si la gente que denuncia su perfil lo hace por sentido del humor y por rebeldía cultural? ¿No hay insultos creativos y llenos de poder destructor de esta sociedad podrida? Pero sobre todo, sobre todo, necesito que me expliquen, a mí, que no estoy a la altura intelectual de todos los bromistas que he nombrado: ¿dónde está lo nuevo, lo rebelde, lo transgresor, lo que hace tambalear los pilares del patriarcado? Y ¿dónde termina la libertad de expresión y empieza la impunidad pura y dura de los machistas de toda la vida?

Queridas amigas y amigos: ahora molan los jóvenes intelectuales que parecen iconoclastas y lúcidos porque lo critican casi todo aunque luego pocas veces se mojen de verdad. Si queréis saber lo que es ser CRÍTICA con mayúsculas, leed a Emma Goldman.

Os voy a decir lo que más me inquieta: que la amplísima mayoría de mis contactos varones en las redes sociales no hagan mención NUNCA de los constantes asesinatos de mujeres por violencia machista. Me inquieta que incluso nosotras otorguemos autoridad intelectual a esos autores que siguen la estela de Francisco Umbral, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte o Juan Manuel de Prada. Autores que imitan a estos y que en bastantes temas, no lo dudo, pueden ser muy subversivos, muy críticos, muy rebeldes, muy lúcidos, muy a contracorriente, pero, ay, lo del machismo ni lo huelen, ni les importa, o lo minimizan, justifican o defienden. Y hasta les hace gracia. Corporativismo viril, de nuevo. Con algunas ayuditas femeninas. Siempre hubo colaboradoras, ya sabemos.

Como nosotras no vayamos cogiendo sitio y teniendo nuestra propia voz y autoridad intelectual, no hay nada que hacer.


8 de agosto de 2017

"LOS ESPÍRITUS DEL HUMO", DE CONCHI REGUEIRO

Los espíritus del humo
Mª Concepción Regueiro Digón
Cádiz, Cerbero, 2017
245 páginas

Los espíritus del humo, de Mª Concepción Regueiro  Digón (Conchi Regueiro) es una novela corta publicada en este año de 2017 por la editorial Cerbero, que ha apostado por este género desde sus comienzos, con libros de pequeño tamaño (al igual que las novelitas pulp que aparecieron en España en la segunda mitad del siglo XX), diseño muy cuidado, precio reducido y una muy buena calidad literaria. Una extensión muy cómoda para leer y que tiene mucho que decir.

Aquí estamos ante un cuento de toda la vida, un relato de lo maravilloso, con sus inevitables toques oscuros, porque casi todos  los cuentos tradicionales e incluso infantiles tienen esos elementos sombríos o hasta terroríficos.  Hay dos jóvenes protagonistas, Gadea y Luanda, hijas del taumaturgo Antuss, en la casa de la familia, mientras el padre se dedica, como siempre ha hecho, a solucionar los problemas de sus convecinos mediante la magia. La existencia de los tres es feliz y tranquila, tienen una situación económica  desahogada y el respeto de su comunidad.

Pero los tiempos están cambiando. La Revolución Industrial (aquí se nos muestra con un imaginario steampunk muy elaborado), junto al dominio de la Razón, la Ciencia y la Técnica, vienen dispuestas a demostrar que la magia ya no tiene cabida en una sociedad nueva. Es el fin de una época, igual que va a terminar la infancia de las protagonistas, que se convierten en adultas de manera traumática y dramática, tras la inevitable muerte de Antuss. Porque, ya se sabe, los cuentos empiezan cuando los padres fallecen y los jóvenes inician un viaje físico y de madurez. La vida rural también declina frente a la ciudad, donde tendrán que dirigirse las protagonistas para poder subsistir.

Tras este principio con tonos elegíacos, la historia deriva en otra mucho más dura, pues las muchachas llegan a una urbe hostil y deben trabajar en condiciones muy difíciles. Hasta que un día, casualmente, la fortuna pone a su alcance la posibilidad de recuperar lo que han perdido, de nuevo a través del prodigio de la magia. Y aprovechan esa oportunidad.

La novelita es también una fábula moral que trata de alertarnos sobre el cómo y el por qué nacen y crecen las supersticiones y religiones. Gadea y Luanda, si bien al principio se dejan tentar por el engaño a causa de su precariedad, acaban cayendo en su propia trampa. ¿Y adivinan ustedes cuál será el elemento principal que las hará tropezar y enredarse definitivamente? Dejo otra pregunta: ¿Es solo la pobreza y la ignorancia lo que lleva a buscar el pensamiento mágico, supersticioso y religioso, o hay alguna otra profunda necesidad humana?

Una historia bien contada, entretenida y con mucho para reflexionar en su trastienda. 

Presten atención al uso de la segunda persona plural como voz narrativa. No es nada fácil, pero da muy buen resultado aquí.

22 de junio de 2017

BIBLIOTECA DE MUJERES DE MADRID: SU HISTORIA DESDE LOS COMIENZOS HASTA 2001


Pongo aquí el vínculo a un documento en PDF donde se puede encontrar el texto de un pequeño libro que escribí en 2001 y publicamos en la Biblioteca de Mujeres de Madrid, en papel. En dicho libro se cuenta la historia de la biblioteca desde sus inicios hasta la fecha de publicación, 2001. Creo que es interesante que esté en Internet ya que se trata de una fuente bastante fidedigna y con datos muy precisos, para evitar así posibles errores e inexactitudes. 
Con ello quiero contribuir a la campaña para conseguir un espacio mejor para la Biblioteca de Mujeres y también para que sus fondos puedan usarse ahora mismo y en su ubicación actual, lo cual contribuiría a su conocimiento y difusión. Por eso incluyo también más abajo el vínculo a otra entrada de este mismo blog donde se explica cómo acceder a los fondos de la Biblioteca.
Estuve trabajando en la Biblioteca de Mujeres desde 1986 hasta 2002 y mi marcha no se debió a desinterés por el proyecto si no a discrepancias de criterio sobre el mismo a partir de un determinado momento. 

Vínculo al texto en PDF donde se cuenta la historia de la Biblioteca de Mujeres desde sus inicios hasta 2001: 

Cómo acceder a los fondos de la Biblioteca de Mujeres: 

6 de junio de 2017

"EL CUENTO DE LA CRIADA", DE MARGARET ATWOOD

El cuento de la criada, de Margaret Atwood
I
La novela

«Subo y penetro en la oscuridad del interior; o en la luz».
Margaret Atwood, El cuento de la criada.

En 1985, la escritora canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939) publicó la novela The Handmaid’s Tale, traducida en castellano como El cuento de la criada y que apareció en España por primera vez en 1987, en la editorial barcelonesa Seix Barral, con traducción de Elsa Mateo Blanco igual que en las siguientes ediciones de la obra en otros sellos: Ediciones B en 2001, Punto de Lectura en 2002 y Bruguera en 2008. Incluso en la más reciente edición en Salamandra la traducción es la misma, ignoro si revisada aunque he cotejado el nuevo libro con el texto de Seix Barral y en principio parecen idénticas.

Sobre la novela, asimismo traducida a otros muchos idiomas y una de las más famosas de la autora (Premio Príncipe de Asturias 2008) se han hecho diversas adaptaciones: radiofónica, teatral, operística y cinematográfica. Esta última versión en cine se tituló en español El cuento de la doncella y fue una coproducción germano-estadounidense, dirigida por Volker Schlöndorf y estrenada en 1990, con Natasha Richardson, Faye Dunaway y Robert Duvall como protagonistas. En 2017 se ha emitido por HBO en España una serie televisiva basada también en la novela, sus intérpretes son Elisabeth Moss, Yvonne Strahovski y Joseph Fiennes.

Posiblemente el estreno de esa serie de televisión ha influido en la reedición de la obra de Atwood por la editorial Salamandra, que añade una introducción actualizada de la propia autora. En todo caso, que una editorial se interesara de nuevo por esta novela era muy necesario y sorprende que no haya ocurrido antes, dado que los temas que trata son de plena actualidad, cuestión sobre la que hablaré en una segunda parte de este artículo, al relacionar el libro con el tema de la gestación humana por pago o contrato.

La primera pregunta que cabe hacerse es si se trata de una novela de ciencia ficción, anticipación futurista, «política-ficción», o eso que ha dado en llamarse «ficción especulativa», además de lo que sí es claramente, una distopía. Con cuidado de no hacer más que los spoilers inevitables, que aparecen por otra parte en la solapa del libro, hay que partir de que la historia se sitúa en el futuro de unos Estados Unidos que se han convertido en una dictadura teocrática llamada República de Gilead. La autora explica en el texto introductorio que ubicó la acción de la novela en Cambridge, Massachusetts, donde se encuentra la Universidad de Harvard, no desde luego de manera gratuita, sino precisamente por la existencia de esta Universidad, símbolo de la racionalidad y libertad, aunque su origen fue religioso. Más aún, en Nueva Inglaterra estuvo uno de los enclaves del puritanismo que llevó a la persecución y caza de brujas, cuyo ejemplo más conocido es el de los juicios de Salem a finales del siglo XVII. A este respecto, aconsejo la lectura del ensayo feminista de Silvia Federici Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004, publicada aquí por Traficantes de Sueños), donde se muestra la importancia de esa caza de brujas como método de represión sobre las mujeres y forma de implantación de un patriarcado capitalista o capitalismo patriarcal, tanto monta monta tanto.

En ese porvenir pesimista, tenebroso («como una solidificación, un coágulo de la noche»), que encontramos en las páginas del libro, las mujeres han vuelto a quedar sometidas por completo a los varones, sin derechos legales de decisión sobre sí mismas y sin libertad. Existe un grave problema de infertilidad humana y por ello a una serie de mujeres (jóvenes y sanas) se las destina a la procreación, son las «Criadas». Los hijos e hijas que paren pasarán a pertenecer a las «Esposas» y sus maridos, los cuales previamente han inseminado, por el procedimiento tradicional, convertido en un ritual de violación legalizada, a las Criadas. También están las «Marthas», quienes se ocupan de las tareas domésticas, y las «Tías», mujeres muy parecidas a monjas, que instruyen convenientemente en la obediencia a las futuras Criadas. Los varones son los que detentan el poder aunque su protagonismo en la novela no es tan relevante como el de las mujeres de todos los grupos.

Ahora bien, ¿trata Atwood de anticipar el futuro? Ella misma explica en la introducción, texto al que pertenecen todas las citas que hago, que no quería narrar sobre nada que no hubiese ocurrido ya en el pasado. De hecho, la mayor parte de la ciencia ficción habla del presente, de los temores y esperanzas que las creadoras/es tienen en el momento en que escriben, de lo que han conocido de modo individual o como sociedad. «No, no es una predicción porque predecir el futuro, en realidad, no es posible. Hay demasiadas variables y posibilidades imprevisibles. Digamos que es una antipredicción: si este futuro se puede describir de manera detallada, tal vez no llegue a ocurrir. Pero tampoco podemos confiar demasiado en esa idea bienintencionada». No, porque «el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. Los cambios pueden ser rápidos como el rayo. No se podía confiar en la frase: “Esto aquí no ocurrirá”. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar». Eso da miedo. Mucho miedo. Solo de pensarlo. A las mujeres nos ocurre, cuando imaginamos tan solo que pueda volver el patriarcado más férreo.

¿Es El cuento de la criada más bien narrativa especulativa? Si entendemos «ciencia ficción» como una historia en la que aparecen entidades científicas y tecnológicas, desde luego que esta no lo es, pues la autora explica que en ningún caso ha querido recurrir a ese tipo de inventos, «cachivaches» llega a llamarlos. Pero para quienes entendemos la ciencia ficción en un sentido amplio, a partir de un nóvum que consiste en un cambio notable respecto de nuestra realidad espacio-temporal y que no solo puede venir de la ciencia y la tecnología sino también darse en los campos antropológico, biológico, lingüístico, espiritual, etc., nóvum a partir del cual se especula, sí nos encontramos ante una obra de ciencia ficción. Y puede considerarse a la vez «política-ficción», como lo fue 1984 de George Orwell, e igualmente incluirse en la ficción especulativa, considerando esta un conjunto de obras de reflexión y no de mero entretenimiento y aventuras, un corpus donde pueden entrar también narraciones de fantasía o lo maravilloso (China Miéville) o fantásticas (los relatos de Jorge Luis Borges).

De modo que podemos llamar a esta novela de Atwood ciencia ficción en un sentido amplio o literatura especulativa. Tampoco importa demasiado, aunque por supuesto estos géneros tienen el mismo derecho a ser catalogados y analizados como la narrativa realista.

De lo que no cabe duda es de que se trata de una distopía, con una acusada perspectiva feminista, lo primero porque nos sitúa en un futuro donde se han recrudecido los problemas y males de nuestro presente: una dictadura con una fortísima represión y anulación de derechos y libertades individuales, sobre todo de las mujeres: el patriarcado regresa a una de sus versiones más extremas. Divide a las mujeres en grupos enfrentados. Ninguna opresión se consigue si una parte de las personas sometidas no colabora, por miedo o porque obtiene ciertas ventajas. No es agradable abordar esta cuestión, pero de nada sirve evitarla. Dice Atwood: «Sí, las mujeres se agrupan para atacar a otras mujeres. Sí, acusan a las demás para librarse ellas: lo vemos con absoluta transparencia en la era de las redes sociales, que tanto favorecen la formación de enjambres. Sí, aceptan encantadas situaciones que les conceden poder sobre otras mujeres, incluso (y hasta puede que especialmente) en sistemas que por lo general conceden escaso poder a las mujeres: sin embargo, todo poder es relativo y en tiempos duros se percibe que tener poco es mejor que no tener ninguno». Claro que son los varones quienes detentan el verdadero poder en esta historia, aunque no todos ellos, por supuesto, ya que también se someten entre sí, unos a otros.

Esta obra no es feminista solo porque muestra esa situación de poder de unos y de sometimiento o colaboración de otras, sino porque aborda una de las cuestiones básicas para comprender la razón de la existencia del patriarcado: el control de la reproducción humana, la procreación. Lo único que no pueden hacer la mayoría de los hombres es gestar y parir, con lo cual necesitan inevitablemente mujeres fértiles. Desde luego, la intervención masculina es también necesaria, pero el trabajo que supone esa participación es mínimo si se compara con el que realizan las mujeres. De ahí que el control de la descendencia haya sido un objetivo imperioso de los varones (para asegurar su paternidad) y de los sistemas económicos que han requerido fuerza de trabajo, la cual durante siglos ha tenido que ser humana (y no artificial, digamos, como es ahora la tendencia). Estamos ante uno de los temas que más ha desarrollado la teoría feminista. En El cuento de la criada, el control de la reproducción se lleva cabo mediante la coerción, algo que ha ocurrido de muy diversas formas a lo largo de la historia. Lo único que hace Margaret Atwood es mostrarlo como una situación extrema, aberrante, insoportable. En la segunda parte de este artículo trataré de plantear cómo ha cambiado y se ha camuflado en pocos años el planteamiento del patriarcado y el capitalismo sobre este tema y también cómo en determinadas zonas del mundo las criaturas ya no son tanto fuerza de trabajo (eso queda para los países más pobres) sino objetos de consumo.

Asimismo aparece en la novela el tema de la religión, aunque creo que  resulta menos vívido y convincente que la cuestión reproductiva. Es una religión puritana, occidental, que la escritora plantea como de reciente creación, de modo que no caigamos en la tentación de compararla con ninguna otra en particular, porque Atwood deja claras dos cosas: que no está hablando ni de comunistas ni de musulmanes, y que «…el libro no está en contra de la religión. Está en contra del uso de la religión como fachada para la tiranía: son cosas bien distintas».

En este contexto, la protagonista ( cuyo nombre auténtico no conoceremos, solo sabremos que se le ha impuesto el de Offred, traducido en español como Defred para conservar su significado de posesión, «de + Fred», aunque pierde por otra parte la semejanza con la palabra inglesa offered, «ofrecida», que nos remitía a la idea de víctima entregada a un sacrificio) nos ofrece su testimonio, recuerda su pasado de libertad y después ya de prisionera, a la vez que relata su presente, sus vivencias concretas, muy concretas, porque hay una atención minuciosa a los detalles, los objetos, vestidos, movimientos, lo cotidiano, los sentimientos y reflexiones. No, no es ciencia ficción de evasión y entretenimiento.


La historia está muy bien escrita, con una estructura compleja y bien trabada. El primer final que encontrarán me parece espléndido y dejo abierto a discusión si el apéndice era necesario. No es una narración en absoluto maniquea, además. Ni todos los varones son malos (el comandante parece incluso bastante infantil) ni todas las mujeres simples víctimas, ya lo he comentado. De ese modo, lo que hubiera podido ser un panfleto ideológico se convierte en una obra madura, compleja y con claroscuros, como la propia vida. Una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído.

Un mundo por delante de su lastre: escritoras españolas de ciencia ficción


Este es el vínculo a un artículo sobre escritoras españolas de ciencia ficción del siglo XX y XXI que he escrito y ha aparecido en mayo de 2017 en la revista Barcelona Review.

Un mundo por delante de su lastre: escritoras españolas de ciencia ficción.